Unos siglos atrás…
Se mantuvo escondido entre las sombras. Uno con la oscuridad, esperó tranquilo a su presa. La vio acercarse y contuvo sus impulsos hasta que estuviese lo suficientemente cerca para atraparla. Mantuvo su respiración ligera y el ritmo de su corazón calmo. No había posibilidad para el error. Está noche… está noche.
El odio por ella le hacía hervir la sangre, amenazando con resumirlo a un animal. ¿O tal vez ya lo había hecho? Elevó la mirada al cielo por un segundo, disfrutando de la lobreguez que lo bañaba. La noche era fría, aunque no tanto como aquel órgano que latía en su pecho. Se atrevió a respirar hondo, seguro de sus habilidades. Su caja torácica se expandió con alivio y su aliento abandonó su boca en una pequeña nube blanca. Mucho tiempo atrás había sido un hombre normal, pero ella… ella lo había cambiado todo.
Emprendió el ataque con sigilo, sus movimientos felinos y ágiles. Ella no notó su presencia hasta que fue demasiado tarde. Se abalanzó sobre su cuerpo por la espalda arrojándola sobre el césped y le cubrió la boca con una mano, mientas que con la otra le inmovilizaba el cuerpo. Por más que trató de liberarse, le fue imposible. Su atacante le superaba en tamaño, fuerza y destreza. Estaba atrapada y la merced de su captor.
—No tiene sentido que sigas luchando. Será mejor que te rindas si no quieres que te lastime más de lo necesario —le dijo mientras le subía el vestido por encima de las caderas.
Ella cesó su lucha inmediatamente y él se deleitó con el olor de su miedo. Le rasgó las enaguas y la ropa interior, a la vez que le descubría la boca para reírse de sus súplicas. Sin embargo, ella no gritó, ni suplicó.
—Sabía que vendrías por mí. Sólo que ignoraba cuando. —Le respondió con voz tranquila.
—Entonces sabes que nada me detendrá.
—Haz lo que tengas que hacer. No trataré de convencerte de que nada tuve que ver con tu destino.
—Veremos si te muestras así de tranquila cuando termine contigo.
Le jaló el cabello con fuerza, levantándole la cabeza dolorosamente, mientras le abría las piernas con las suyas. Ella se mordió el labio para no gemir de dolor, aunque no pudo evitar que se le escaparan lágrimas de angustia por lo que iba a pasarle. Él comenzó a deshacer sus pantalones, una de sus manos concentraba su peso en la espalda de ella para que no pudiese levantarse y la otra desnudaba su miembro.
—Llorar no te servirá de nada —Le dijo con rabia.
Ella cerraba sus puños fuertemente sobre el césped, su cabeza volvía a hundirse entre las verdes hebras y su nariz rebosada con el aroma de la tierra húmeda. Le rasgo la espalda del elegante vestido y extrajo un cuchillo de su bota para cortas las ataduras del corsé.
—Tu piel sigue siendo tan suave como la recuerdo —le dijo, lamiéndole la espalda. —Que idiota era en esa época, quise esperarte hasta que estuvieses lista y al final me traicionaste. Pero ya no importa. Hoy finalmente tendré lo que debí haber tomado tantos años atrás.
—Yo nunca te traicioné. No tuve la culpa de lo que ocurrió aquella noche. Quise advertirte, pero me fue imposible.
—Será mejor que te cayes. De nada te servirá seguir mintiendo.
—Fue una trampa, un montaje para engañarte. Para hacerte creer que te había traicionado.
—¡Dejaste que te hiciera suya! ¡Dejaste que mi peor enemigo te pusiera las manos encima! —le gritó indignado.
—Nunca… —respondió con un hilo de voz.
—Si se lo diste a ese perro, entonces también yo lo tendré.
La embistió con todas las fuerzas e ira que le fue posible, extrañándose de su estrechez. Ella lanzó un grito de dolor que le hizo retumbar en los oídos aquella verdad que nunca quiso ver. Su delgado cuerpo ahora se estremecía con la invasión y agonía de tener a un hombre dentro de sí por primera vez. Él se congeló, entendiendo por fin la verdad.
—¿Cómo puede ser posible? —su ira ahogándose en la vergüenza de un terrible error.
Ella lloraba ahora sin contenerse, le ardía por dentro y podía sentir como un hilo de sangre se escurría por su entrepierna. Él hundió su frente entre los omóplatos de ella y sin saber que decir simplemente sollozó en silencio. No quería moverse por temor a lastimarla aún más, pero tampoco podía permanecer dentro de su cuerpo en tal aberrante violación.
—D-dijiste que nada te detendría. D-debes t-terminarlo.
Se retiro de ella en respuesta y la cubrió lo más que pudo con los jirones que una vez fueron su vestido. Se acomodó las ropas y la tomó en sus brazos, cargándola hasta donde había escondido su caballo.
En el preciso momento en que la levantó del piso se desató una fuerte tormenta. La lluvia ahora arreciaba acompañada de fuertes truenos. ¿Sería algún tipo de señal? La acomodó sobre la silla y montó detrás de ella. El caballo emprendió la marcha en un lento trote, mientras que el agua los empapaba sin remedio. La acunó entre sus brazos para evitar que fuera a caerse de la montura, sin poder evitar pensar en la repulsión que habría de estar sintiendo por él.
Ella no tuvo más opción que apoyarse contra el frío muro de su cuerpo. Quien una vez amó ahora se había convertido en un animal rabioso incapaz de ver la verdad y deseó profundamente ser capaz de dejar de amarlo. Sin embargo a pesar de lo mucho que la había herido, él siempre sería su dueño.
—Aquella noche enloquecí de dolor —le dijo con amargura. —Me dejé cegar por la ira y los celos. Ahora es demasiado tarde para pedirte perdón por lo que acabo de hacer. Si te sirve de consuelo, ya no tendrás que temer que vuelva a hacerte daño, pues me iré para siempre.
—En realidad, te marchaste hace ya muchos años. —Le respondió con dolor.
3 comentarios:
Muy buena pero el se merece un patadon en el culo por ser tan brusco con ella pobrecita
increible, me encato...
desgarrador relato, pero lleno de mucho sentimiento...
me encanta!
saludos
bkn la historia... tu sabes que soy tu fan!!.. me encanto...
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